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In memoriam: Tomás Caballero Rodríguez

Hay ausencias que se sienten con un peso especial, como si la propia gravedad de la que tanto nos habló se volviera más densa en las calles de Villanueva de la Serena. Recientemente nos ha dejado Tomás Caballero Rodríguez, y con su partida, el IES Pedro de Valdivia pierde a uno de sus pilares fundamentales, pero nosotros, sus antiguos alumnos, perdemos a ese referente que nos enseñó que la Física no era solo una asignatura de números y leyes, sino una forma de entender el mundo.

Muchos recordaremos a Tomás por su imponente figura: un hombre grandón, con barba y ese andar característico, pausado y firme, con un ligero arrastre de pies que anunciaba su llegada por los pasillos mucho antes de que cruzara la puerta de entrada de la clase. Y ese ligero olor a tabaco mezclado con caramelos de menta o regaliz. Originario de Cabeza del Buey, acabó siendo parte del paisaje cotidiano de la Calle del Muro, Calle Magacela, Avenida de Chile, Calle San Francisco o Calle Hernán Cortés, donde cruzarse con él era recibir ese saludo respetuoso y afable que siempre le caracterizó.

En el aula, Tomás era puro conocimiento y paciencia. Aquellos que pasamos por sus clases (personalmente entre 2000 y 2004, años de ESO y Bachillerato) guardamos en la retina sus clases magistrales. No necesitaba libros; recitaba principios y leyes de memoria mientras dejaba caer una tiza para explicarnos a Newton, o nos hacía imaginar ascensores o aviones en caída libre para explicar la gravedad 0 y se apañaba para que la relatividad de Einstein no nos pareciera algo de otro planeta. Y, por supuesto, nadie olvidará su «por rayita». Su asombrosa facilidad para explicarnos la conversión de unidades le valió un apodo que hoy recordamos con una sonrisa llena de nostalgia y gratitud.

Pero lo que realmente definía a Tomás no era solo su brillantez académica, sino su calidez humana. Nunca se enfadaba. Nunca jamás le escuché alzar la voz para regañar a un alumno. Tenía esa paciencia infinita de quien sabe que enseñar es, ante todo, comprender al que no sabe. Sus correcciones eran lecciones en sí mismas: tomaba el boli o lápiz y, con su caligrafía característica escrita con esas manos grandes y dedos regordetes, nos anotaba la solución, convirtiendo el error en una oportunidad de aprendizaje constructivo.

Personalmente, su magisterio no terminó al sonar el timbre de 2º de Bachillerato. Años después, la Biomecánica se me resistía en la carrera. Cómo era posible, yo que amaba esa ciencia gracias a Tomás y no se me daba mal. Me costó decidirme, pero pedí ayuda a Tomás. No dudó en dedicarme una tarde entera para desenredar conceptos y cálculos que se me habían atragantado. Gracias a su generosidad desinteresada, logré aprobar, un 6. Así era él: un profesor de vocación eterna, siempre dispuesto a ayudar a su alumnado, incluso años después de haber dejado de serlo.

Recuerdo con especial cariño aquella vez que, con tono paternal y orgulloso, compar tió con nosotros lo que se comentaba en los claustros: que éramos un grupo excepcional y que hacía años que no pasaba un grupo de esas características por el centro. Nos animaba mucho a que fuésemos profesores de Física o Matemáticas, ya que eran carreras con alto grado de inserción laboral. Hoy, somos nosotros los que decimos que el excepcional era él.

Para quienes hoy ejercemos la docencia, Tomás Caballero es y será el espejo donde mirarnos. Un hombre bueno, un profesor querido y un ejemplo de integridad. A su hijo Tomás, a quien tanto bromeábamos con que las leyes de la física le venían de serie, a sus hermanas, y toda su familia, nuestro más sentido pésame.

Es triste despedir a alguien así, pero nos deberíamos sentir profundamente afortunados. No todos pueden decir que aprendieron a entender el universo de la mano de un profesor que, además de Física, nos dio lecciones diarias de bondad.

Buen viaje, profesor. Siempre nos quedará su ejemplo y, por supuesto, su «por rayita».

Gracias profesor. Su clase nunca termina porque vive en cada uno de tus alumn@s. Un alumno agradecido que no le olvida.

Fco. Javier Grijota Pérez